25.4.11

154# Aquel 14 de Febrero

Pudo haber sido una tarde más en su vida. Pudo haberse levantado, cambiado, preparado el desayuno e irse a trabajar. Pudo haber salido del trabajo como todos los días, ateniéndose a la rutina. Esas rutinas que se desarrollan con el pasar de los días por el simple hecho de mantener una vida monótona. Pudo haber sido un mediodía más en su vida. Con un almuerzo simple acompañado por una simple botella de agua. Pudo haber sido una tarde como cualquier otra. Pero no este no era el caso.
Ese día era uno de esos días en que con el hecho de recibir o no una tarjeta o un regalo, las emociones se pueden ver afectadas tanto positiva o negativamente. Ese día era el día de los enamorados - día que algunos solteros detestan sin justificación, por mera envidia - por lo que trató de evitar todos los lugares a los que frecuentaba.
Ese día no desayunó en su casa. Un año atrás en esa misma mesa había estado un hombre esperándola con un gran banquete solo para ella.
Ese día no tomo el tren de la linea Roja. En ese tren había conocido a ese hombre que de un día para otro se borró de la faz de su Tierra.
Ese día no fue a ese pequeño bar al que iba todos los días a la hora del almuerzo. En ese bar ese hombre la había esperado cien veces con flores en la mano.
Ese día no caminó las mismas calles que solía transitar. Por esas calles había transitado incontables veces de la mano de ese hombre que sabía como sostenerla del modo que le gustaba.
Ese día no hizo las cosas que normalmente hacía porque estaba buscando escapar. "¿De qué?" se preguntará usted. Escapaba de un fantasma que la atormentaba. Uno de esos fantasmas que llevamos en la mano, como un niño lleva un globo de helio. Ese fantasma no era más que el recuerdo de algo que fue, pasó y terminó en un abrir y cerrar de ojos. Fue el abrir y cerrar de ojos más largo de su vida, en el que cada milésima de segundo era un tesoro para ella. Él era su luz, sus ojos, su voz. O al menos eso era lo que ella pensaba.
Fue el tiempo el que decidió desgastar ese lazo que los unía. Fueron las diferencias las que ayudaron brindando una hermosa navaja afilada. La distancia no hacía más que tensionar aún más esa ya endeble atadura. Y pensar que todo empezó por un café. Las risas ayudaron y los besos terminaron de cerrar el trato. Fueron felices. Pero eso es pretérito ahora.
Cada uno siguió con su vida como pudo.
Yo la vi. Un 14 de Febrero. No tomó la linea Roja, no almorzó en ese bar, no caminó por las mismas calles. Yo la vi. Su cabello rubio no bailaba junto con la fría briza londinense. Su cuerpo no desfilaba por el andén del subterráneo desviando las miradas. Su bufanda no rodeaba su cuello con gracia. En cambio, sus ojos verdes estaban más claros gracias a las lágrimas que los ahogaban. Sus manos heladas solo sostenían un pañuelo que, ansiosa destruía progresivamente. Yo la vi entrar a ese subterráneo donde casi no había lugar y la vi acomodarse. En esa misma situación, pero un tiempo atrás ella hubiese entrado cual princesa, pero ese día, ese 14 de febrero no era más que una mendiga, que en vez de llevar sus vestimentas rotas, llevaba su corazón completamente desflecado. Iba dejando partes del mismo en cada lugar donde se apoyaba o se sentaba.
Nunca pensó que su vida cambiaría. Ya daba por sentado que viviría en la miseria, caminando sobre los recuerdos de algo que supo ser pero que ya no es. Tan metida en su dolor estaba, que nunca notó aquella sombra que detrás, iba juntando cada retazo de corazón y de alma que iba dejando al caminar.
Por su lado, esta sombra, cuyo nombre ella apenas recordaba, no era infeliz. Al contrario. Sostener la espalda de esta desarmada muchacha era lo que llenaba su vida. Soñaba con que ella lo notara, pero mientras tanto, era feliz donde estaba.
Ella se bajó del subterráneo antes que yo, por lo tanto no pude seguir escuchando la historia que narraban sus ojos. Nunca la volví a ver. Nunca supe de ella. Quizás retomó su rutina, quizás volvió a enfermarse con los recuerdos de lo que ya pasó o quizás reconocío a esa sombra y le devolvió la alegría.

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